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La inteligencia artificial plantea así un desafío mucho más profundo para la educación superior: preparar a los jóvenes no solo para conseguir su primer empleo, sino para construir una trayectoria profesional en un mercado cuyas reglas de entrada están cambiando.
Por Claudia Bascur vicerrectora de Transformación Digital, e Ignacio Guerrero, vicerrector de Vinculación con el Medio y Alumni de la Universidad Andrés Bello
Durante décadas, el primer empleo funcionó como el espacio en que un recién egresado aprendía los códigos del mundo laboral: ese primer peldaño que permitía transitar desde la formación académica hacia la realidad profesional. Sin embargo, desde hace algún tiempo, los jóvenes enfrentan crecientes dificultades para insertarse laboralmente. Y en este 2026 comienza a acumularse evidencia de que ese primer escalón está perdiendo solidez y de que la inteligencia artificial podría ser uno de los factores que explican este cambio.
Uno de los datos más contundentes proviene del Stanford Digital Economy Lab. Sus investigadores documentaron una caída relativa cercana al 16% en el empleo de jóvenes de entre 22 y 25 años en las ocupaciones más expuestas a la inteligencia artificial, como desarrollo de software y atención al cliente. En cambio, entre trabajadores con mayor experiencia en esas mismas ocupaciones, el empleo se mantuvo estable o continuó creciendo. Los propios investigadores advierten que no es posible atribuir todo este fenómeno a la IA y que otros factores económicos también pueden haber incidido; sin embargo, al incorporar controles adicionales, la brecha persiste y se vuelve especialmente visible desde 2024.
Lo que estamos observando, por tanto, no parece ser un reemplazo masivo y generalizado de trabajadores por máquinas. Es algo más silencioso y posiblemente más complejo: las oportunidades de entrada al mercado laboral están cambiando precisamente para quienes tienen menos experiencia.
El AI Jobs Barometer 2026 de PwC, que analizó más de mil millones de avisos laborales en 27 países y territorios, aporta otra pieza relevante. Los empleos que requieren habilidades específicas de IA crecieron un 69%, frente al 9% del mercado laboral general. Al mismo tiempo, la IA está impulsando un mercado de dos carriles: en algunos trabajos amplifica el conocimiento de los expertos y eleva el valor de capacidades humanas como el juicio, la creatividad y el liderazgo; en otros, permite que tareas antes reservadas a especialistas puedan ser realizadas por personas con menor experiencia.
Pero probablemente el dato más interesante está en el primer peldaño. Según PwC, los puestos de entrada más expuestos a la IA son siete veces más propensos a exigir habilidades tradicionalmente asociadas a posiciones de mayor seniority, como liderazgo, creatividad y juicio.
Dicho de otra manera, para conseguir el primer empleo comienza a ser necesario demostrar capacidades que antes se desarrollaban precisamente en ese primer empleo. Y ahí aparece la paradoja: ¿cómo se adquiere experiencia si el mercado comienza a exigirla antes de dar la primera oportunidad? ¿Estamos frente al debilitamiento del primer escalón de la trayectoria profesional?
La evidencia comienza a mostrar que el primer empleo está cambiando. Y es ahí donde debemos reenfocar la mirada y, sobre todo, hacernos preguntas distintas. Hemos dedicado mucho tiempo a preguntarnos: “¿Cuántos empleos destruirá la IA?”. Tal vez las preguntas más relevantes para la educación superior sean otras: ¿cómo incorporamos experiencias profesionales reales durante la trayectoria formativa de nuestros estudiantes? ¿Qué capacidades humanas deben complementar el uso de la IA? ¿Cómo preparamos a un joven para ingresar a un mercado que espera de él mayor criterio y autonomía desde el primer día?
Para Chile y América Latina, este desafío adquiere una dimensión adicional. Una de las grandes promesas de la educación superior ha sido su capacidad de actuar como vehículo de movilidad social. Para miles de jóvenes, especialmente aquellos que son los primeros de sus familias en llegar a la universidad, obtener un título significa mucho más que adquirir conocimientos especializados: representa la posibilidad de acceder a un empleo profesional y, desde allí, construir una trayectoria ascendente.
La lógica ha sido relativamente clara: la universidad entrega conocimientos y credenciales; el primer empleo permite convertirlos en experiencia; y esa experiencia abre la puerta a nuevas oportunidades. Una escalera cuyos peldaños se suceden progresivamente: educación, primer empleo, experiencia, mejores posiciones y mayores ingresos.
Por eso, lo que está ocurriendo con el primer empleo no es solamente un problema de inserción laboral juvenil. Puede tensionar uno de los mecanismos mediante los cuales la educación superior ha contribuido tradicionalmente a ampliar las oportunidades. Si las posiciones de entrada disminuyen o comienzan a exigir capacidades que antes se adquirían precisamente en esos primeros años de trabajo, el primer peldaño de esa escalera se vuelve más difícil de alcanzar.
Y es precisamente aquí donde la universidad tiene un rol fundamental: enseñar a trabajar con inteligencia artificial con criterio y madurez, desarrollando la capacidad de evaluar críticamente sus resultados, reconocer sus límites y decidir cuándo, cómo y para qué utilizarla.
Ese criterio es una de las capacidades que el mercado laboral está comenzando a valorar con mayor fuerza. Si los puestos de entrada demandan cada vez más juicio, creatividad y liderazgo, la universidad tiene una tarea clara: fortalecer el pensamiento crítico, alfabetizar en inteligencia artificial y estrechar el vínculo con el mundo del trabajo. Más que prohibir estas herramientas, el desafío es enseñar a los estudiantes a utilizarlas responsablemente, cuestionar sus respuestas y evaluar críticamente lo que producen.
La inteligencia artificial plantea así un desafío mucho más profundo para la educación superior: preparar a los jóvenes no solo para conseguir su primer empleo, sino para construir una trayectoria profesional en un mercado cuyas reglas de entrada están cambiando.
Si el primer empleo deja de ser, en parte, el espacio donde tradicionalmente se adquiría experiencia, la universidad tendrá que acercar mucho más la experiencia profesional a la formación. Prácticas, proyectos reales con organizaciones, resolución de problemas, trabajo interdisciplinario y experiencias auténticas de desempeño deberán ocupar un lugar cada vez más central.
En cierta medida, la universidad tendrá que ayudar a reconstruir, desde la formación, ese primer peldaño de aprendizaje profesional que el mercado laboral podría estar dejando de ofrecer.
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